10/31/2011

Respuesta reto "A Halloween Carol"


Titulo: Diosa, ¿o mangaka?
Fandom: (Original) A color
Claim: Shinishi/Kamiko
Desafío: Dotación anual de Crack!
Reto: A Halloween Carol
Advertencias:  He de añadir que por la cantidad de palabras es obvio que me emocionó, Crack!, Parodia, Angst, fluffy, Hurt/Confort, romance hétero y shonen-ai, fantasía.  

Palabras: 8611
Disclaimer: Cualquier parecido con la vida real es mera coincidencia (¿Ese era el disclaimer de los originales?)
Resumen: Una Mangaka amargada recibe la "agradable" visita de las criaturas que ella misma dibujó en plena noche de brujas.
Notas Adicionales: Toda la larga nota adicional aquí,






Diosa ¿o Mangaka?

         ¿Quieres que  te cuente un cuento?  Te advierto que no sirvo por contar historias ¿Quieres una historia de Halloween? Eso suena mejor.
         Érase una vez…
         Esa no es la forma correcta de contar una historia como esta. Permíteme  comenzar de nuevo:
         Hubo una vez en Japón una joven que era Mangaka: se hacía llamar a sí misma Kamiko Yamashita. Tenía un genio terrible y decía odiar a todo el mundo. Era muy bonita, porque tenía un cabello lacio y negro que le llegaba hasta los hombros en un corte moderno, y unos ojos pardos que si sonriera más seguido brillarían con ilusión. Pero esta joven no sonreía. Sólo odiaba y maldecía. Y a pesar de su trabajo, era delgada porque hacía ejercicio continuamente. 
         Ocurrió entonces que una mañana de Octubre—y hay que aclarar que esa misma noche se celebraba Halloween para que se entienda el real desconcierto que le fue provocado esa noche—, esta muchacha estaba tomando un café con su editor, con el que se reunió ahí para presentarle el Nombre del siguiente capítulo de su manga.
         Ella esperó a que él leyera el boceto para escuchar su opinión con gran impaciencia. Su editor terminó de leer, ordenó las hojas y luego, con la vista hacia ella, pronunció con voz llorosa:
         —Eres cruel—le dijo, con lágrimas a punto de caerle de los ojos—. ¡Vas a matarlos! De una forma tan vil…
         Kamiko sonrió con arrogancia.
         —La vida no es color de rosa—declaró—. Hay que ser realista.
         —Pero tu manga es de temática fantástica—objetó su editor—. Un poco menos de realidad no haría gran diferencia.
         Ella se enfureció.
         —Sabes bien que a mi no me gusta dibujar Mangas fantásticos y que si lo hago es sólo por el contrato que tengo con la Jump.
         El editor la miró con desconcierto.
         —Hablas como si quisieras acabarlo de una vez.
         — ¡Y eso quiero!— gritó ella—. Jamás hubiera dibujado una historia tan estúpida como los “Cazadores Nocturnos” si no fuera porque están de moda las criaturas sobrenaturales—confesó con frustración—. Y yo quería hacerme un hueco en el mundo de los mangas para poder dibujar lo que realmente quiero: Mangas realistas. Si hubiese sabido que me vería atrapada dibujando esas estupideces de cosas sobrenaturales, óyeme bien: jamás, jamás hubiera dibujado “Cazadores Nocturnos”.
         —Suenas como si odiaras lo paranormal.
         —Y lo odio—confesó ella sin culpa—. Odio también  a los idiotas que creen en estas cosas, a los estúpidos fans que adoran esta historia. —En esta parte el editor le hizo un gesto para que bajara la voz. Era una suerte que nadie conociera el rostro de Kamiko Yamashita y que nadie se sintiera herido por sus palabras al no saberlo—. Y odio a Taoshima.
         —Eso me recuerda—dijo su editor, con voz alegre e insinuante—, que él te volvió a dedicar el capítulo de su manga.
         Los ojos de Kamiko se abrieron de la impresión ¡Qué se creía ese idiota!, pensaba, pero la rabia que sentía le impedía soltar un insulto más hacia su persona. Y Kamiko casi creyó que iba estallar de furia cuando su editor le alcanzó la revista en la página de la dedicatoria.
         “Para mi querida Kamiko—rezaba—, con mucho amor de tu querido rival”, acompañado de la onomatopeya de un beso
         Ella se descolocó tanto que ni siquiera la dieron ganas de estallar.  Se quedó en blanco y su editor rió.
         —Tengo que decirte, tristemente—comentó el editor dejando atrás las risas—, que él ha vuelto a alzarse con el primer puesto. Tú has quedado segunda.
         A Kamiko le dio tanta rabia que deseó poder  echar abajo el café donde estaban. Se preguntaba qué tenía  Shinishi Taoshima además de un apodo estúpido y una personalidad patética que ella no tuviese para triunfar de la forma en que él lo hacía.
         —Deberías  darle un final más digno a tus personajes. —Volvió a comentar su editor—. Ya sabes, una vida más feliz. Shinishi siempre dice  que al final siempre queda la esperanza. Y yo estoy de acuerdo.
         Pero Kamiko no podía estar más en contra. Era una persona amargada. Imagina como estarías tú en el peor de tus días cuando no quieres hablar con nadie; así estaba ella siempre.
         —Son mis personajes. Y con ellos hago lo que quiero. Vamos—dijo, con total desden y menosprecio—, sólo son personajes: no es como si sufrieran realmente. Y la historia es lo bastante estúpida ya con esos vampiros y cazadores de monstruos como para colmo ponerle uno de esos cursis finales felices.
         Kamiko se levantó de la mesa bruscamente, lo fulminó con la mirada y sin decir adiós se marchó.

XOX 

         Kamiko  no creía  en ningún ser sobrenatural, ni siquiera en Dios, por eso no se molestaba en decirle a sus asistentes que la llamaran “Kami-sama”. Cuando llegó a su casa,  saludó afectuosamente con un abrazo a su gato Koko, la única criatura en el universo con la que era amable. Kamiko se dirigió al estudio donde sus asistentes estaban trabajando. La saludaron pero ella los ignoró, ¡Bah! Gruñía. Trabajaba mejor cuando estaba enojada, así que dibujo: dibujó y dibujó hasta que una inoportuna llamada por teléfono interrumpió su trabajo.  
         — ¡Qué alguien conteste!—vociferó, con un genio horrible.
         —Pero Kami-sama, estamos trabajando en el entintado…
         Maldiciendo a los inútiles de sus asistentes, Kamiko contestó el teléfono:
         — ¿Moshi-moshi?
         — ¡Hi! ¡Yuri-chan! —Al oír su verdadero nombre, Kamiko se molestó aún más. Pensó ¿quién más en el mundo podía molestarla aún con su nombre real? No era difícil imaginar pues que fuera alguien que la conociera antes de que usara su apodo: un ser tan, tan malévolo que supiera quién era ella realmente.
         — ¡Cállate, Ronald!—exclamó, con gran disgusto y vergüenza: temiendo que sus asistentes escucharan su nombre real.
         — ¿Por qué?
         —Porque sabes que me molesta que me llamen por mi verdadero nombre.
         — ¿Y eso? Tú me llamas Ronald aún. Y todos me conocen por Shinishi Taoshima.
         —Idiota.
         —Yo también te quiero—contestó él con voz alegre, como si ella no  acabara de insultarlo.
         — ¿Por qué llamas? —preguntó ella, fastidiada. Su tiempo era valioso y lo estaba perdiendo por culpa de él.
         —Quería invitarte a mi fiesta de Halloween esta noche. —Kamiko no entendía ¿cómo podía alguien adulto celebrar esa fiesta tan absurda y de niños? Al oírlo, el poco respeto que sentía hacia su colega mangaka se fue por los suelos—. Es de disfraces.
         Entonces Kamiko estalló:
         — ¡¿Qué te crees?! —Le gritó al teléfono— ¿Qué puedes ir y llamarme para molestarme con tus locuras? ¿Ah? ¡Idiota! ¡Cómprate una vida y piérdete! ¿Me oíste? ¡Piérdete!
         Los asistentes, que estaban trabajando arduamente, tuvieron que cubrirse los oídos cuando su jefa comenzó a descargar su frustración con el pobre receptor del otro lado de la línea. La tinta al lado del papel se cayó por culpa de la resonancia y desesperadamente trataron de limpiar la hoja  antes de que Kami-sama se diera cuenta y los regañara con el horrible humor que tenía ese día.
         — ¿Eso quiere decir que no vendrás? —preguntó Ronald del otro lado de la línea con la voz más tranquila e ingenua del mundo.
         Kamiko hubiera hecho erupción como un volcán si eso fuera posible para los seres humanos:
         — ¡Imbécil! ¡Reverendo idiota! ¡No, no y no! ¡No iré!, ¿Me oíste? ¡No iré
         —Ok—Y colgó. Kamiko tuvo que respirar mentalmente contando hasta diez para recuperarse del arrebato de ira que sólo él podía causarle.
         Horrorizados, los tres asistentes  no le dijeron nada sobre el accidente con la tinta y decidieron solucionar solos el problema.
         Y así, la malvada bruja a la que llamaban Kami-sama los dejó trabajando hasta tarde, muy tarde en la noche. Ellos alegaron que querían ir a festejar Halloween, pero ante la mera mención de esa absurda fiesta, Kamiko se enfureció aún más y les dio más trabajo para hacer. Sólo los dejó ir cuando vio satisfecha sus propias expectativas pocas horas antes de la medianoche, y sólo porque uno de ellos le preguntó cómo celebraría ella Halloween.
         — ¡Yo no celebro una fiesta tan absurda como esa!—había dicho—. No lo celebraba, no lo celebro y  no lo celebraré nunca.
         Así pues los asistentes se quedaron trabajando con ella hasta que  los dejó ir cuando al fin el sueño la llamó. Eso a una hora de la medianoche.

XOX

        
            Ocurrió después que Kamiko decidió encender la televisión, pero al ver las propagandas  que llenaban los canales promocionando la fiesta de Halloween decidió apagarla. Kamiko pensaba que todo ser viviente que celebrara esa fecha era un idiota que sólo era superado por aquellos que eran creyentes en esas tonterías. Ella se sentía inteligente por pertenecer al grupo de personas sensatas que no creía en esas babosadas: ni en brujas, ni en vampiros, ni en hombres lobos, ni en momias, ni en fantasmas, ni en finales felices ni en vivieron comiendo perdices.
         Había una sola cosa que Kamiko sabía era verdad, y esa era que la realidad era dura, que si no plantabas los pies firmemente en la tierra al primer remezón te caerás. Y con su trabajo ya estaba más que hasta de los seres sobrenaturales que no existían.  Lo único que deseaba era conseguir un  buen contrato con un manga realista, histórico o contemporáneo, le daba igual: mientras no hubiera ahí ni una pizca de magia ella se podía dar por satisfecha.
         Como estaba aburrida, comenzó hacer un Nombre del siguiente capítulo de su manga. Estaba de lo más feliz  haciendo los bocetos ¿la razón? Estaba matando a Amen Ra  de una forma dolorosa y  cruel: Amen Ra se encontraba con su amado, el cazador de monstruos Zaden, quien lo había matado en su otra vida, pero más que eso, Kamiko había hecho algo mucho más terrible: había hecho que ambos se intentaran matar mutuamente ¿Dices que es cruel? Por supuesto que lo era, pero a ella no le importaba ¡No! Esta joven sólo quería descargar su odio  y frustración en  sus personajes. Eran suyos después de todo. ¿Lo eran en verdad?  Ella los creo, así que sí lo eran. Y si no podía dibujar historias más realistas, al menos  podía darles un final más pegado a la realidad: doloroso y triste.             
         Kamiko se acostó en su cama apenas se hubo puesto el pijama, porque estaba muy cansada para seguir dibujando, por lo que dejó el Nombre incompleto sobre el escritorio de su estudio. Se echó las mantas encima y se durmió. 
         Si se dijera en este punto de la historia que ella durmió y soñó cosas hermosas y que despertó tranquilamente a la mañana siguiente, entonces no habría historia que contar. Afortunadamente eso no fue lo que sucedió, por lo que podemos continuar con el relato.
         Estaba durmiendo placidamente cuando una voz en el silencio la llamó:
         —Yuri…—decía la voz espectral. Kamiko se cubrió la cabeza con la almohada, porque odiaba escuchar su nombre—Yuri…—insistía la voz.
         Kamiko  no creía en fantasmas, ni en criaturas espectrales, por lo que, cuando se descubrió el rostro tras de la almohada, no dio crédito a lo que sus ojos veían. Su sensei, el señor Himura, estaba frente a ella, borroso como una niebla espesa con forma humana.
         Hay que aclarar en este punto de la historia que el señor Himura había muerto hace años atrás, y Kamiko lo sabía, porque había estado con él el día que murió en el hospital y había asistido al entierro. El señor Himura había sido su mentor en vida y ella había sido su asistente. De él  había aprendido todo sobre la vida de mangaka y gracias a él era ahora la mangaka que era, porque de no ser por él, seguramente habría optado por una aburrida profesión como oficinista.
         Pensándolo bien, él era el culpable de que estuviera dibujando cosas absurdas y sin sentido para personas sosas y sin vida. Comparado con eso, pensaba Kamiko, una vida como oficinista sonaba mucho mejor para ella.  Pero antes de que pudiera abrir la boca, el fantasma chilló de una forma lamentable.
         — ¡Mi Yuri! ¡Oh mi dulce Yuri!—se lamentaba el fantasma, recorriendo la habitación de un lado a otro con falsas lágrimas de humo—. Mi hermosa Yuri ¿qué le han hecho?
         Kamiko abrió la boca, pero se dio cuenta antes de hablar de lo ridículo que era razonar con una criatura de un sueño, porque eso era un sueño indudablemente ¿o no? Kamiko ni siquiera podía concebir la idea de que no lo fuera. Estas cosas solo pasaban en los sueños, se decía a sí misma.
         —Mi Yuri—volvió a chillar el fantasma. Tenía las facciones que poseía el señor Himura antes de morir. Kamiko imaginaba que si la niebla tuviera color, podría apreciar su cabello castaño claro y sus ojos verdes. Pero él era una ilusión ¿qué caso tenía escucharlo? —. Mi Yuri ¿Por qué te has vuelto tan amargada y tirana? ¿Qué pasó con la dulce Yuri que conocí? ¿Con la dulce Yuri que amaba?
         La dulce Yuri que este espectro amaba había muerto el mismo día que él lo había hecho, pero por supuesto, Kamiko nunca le diría a una criatura de sueños una cosa tan personal como esa.
         —Lárgate—le pidió. Aunque fuera un sueño, ella no podía ser sólo ruda con una criatura que se asemejaba a su amado fallecido. Se cubrió con las sábanas y fingió dormir. Se le ocurría que si lo hacía de esa forma despertaría y podría tomarse algo contra lo que le había provocado aquel malestar a la hora de dormir. Ella rememoró el helado de chocolate que se había devorado a media noche, que sería seguramente el causante de aquella pesadilla. No más helado de chocolate antes de dormir, se juró en ese momento.
         —Escúchame, Yuri. —Kamiko realmente odiaba oír su verdadero nombre con la voz de su sensei venir de ese falso fantasma de sueños, pero no le reprochó nada, pues deseaba oír esa voz tantas veces como le fuera posible, aunque fuera sólo una ilusión—. No deberías ser tan cruel con tus personajes ¡A ellos les duele! ¿No fui yo quien te dijo hace años que, sin importar lo que pasara, siempre hay una esperanza? —Kamiko no pudo estar menos de acuerdo con eso, puesto que cuando él había muerto, a ella no le había quedado ninguna esperanza. Sólo tenía el manga, aquello que los había unido—. ¡Oh! ¡Los lastimas! Un personaje enfadado con su creador es algo todo mangaka debería tener en cuenta.
         Kamiko no pudo soportar más esa palabrería, así que se quitó las mantas de encima y encaró a la criatura pese al frío excesivo que sintió su cuerpo cuando ya las sábanas no la separaban de él. Si sintió miedo—y en verdad lo sentía— lo disimuló muy bien.
         —Escúchame, criatura de sueños resultado de un dolor estomacal. —Señaló ella con el dedo al espectro, poco importándole si eso era vulgar o no—. Estoy harta de tu palabrería. Primero, no son reales. Segundo,  son míos y hago con ellos lo que se me vega en gana. Y ahora deja que me acueste para despertar de este absurdo sueño.
         — ¿No crees que soy real?—preguntó el fantasma, aparentando estar dolido. Kamiko recordó el peculiar sentido del humor de su sensei y se entristeció.
         —Exacto, no creo que seas real—contestó, cruzándose de brazos y de pie al lado de su cama, justo en frente del fantasma.
         —Hoy es Halloween, la noche en que la barrera entre el mundo de los muertos y de los vivos se debilita. —El fantasma se dio vueltas por la habitación, presumiendo la ligereza de su cuerpo—… y la de los otros mundos. Deberías respetar más este día, ¿qué harás cuando tus personajes vengan a visitarte esa noche si les dices que no existen?—Se sorbió la nariz, como si fuera capaz de llorar—. Esta es una noche mágica, donde ocurren cosas extrañas e inexplicables.
         — ¿Y se supone que debo creerte?
         — ¿No me crees?
         —Honestamente, no. —Kamiko frunció el ceño, disgustada—. Así que lárgate o mi mágico e inexplicable zapato golpeará tu trasero. —Kamiko miró el vaporoso y fantasmal trasero y realmente en ese momento dudó que pudiera cumplir su palabra.
         — ¡Oh! ¡Mi linda Yuri!—volvió a chillar—. Mucho me temo que has de aprender esta lección por las malas. Bien: dejaré entonces que tus muchachos se presenten esta noche a tu casa, y que sean ellos mismos quienes te digan lo mucho que han sufrido a causa de tus caprichos y desquites.
         — ¡Uy! No puedo esperar a que vengan a tomar el té—contestó ella con sarcasmo a su amenaza.
         El fantasma hizo como que lloraba y entre la bruma y la niebla se fue, tan mágica y raramente como había aparecido.
         Kamiko volvió a la cama deseando volver a dormir, pero, si así hubiera sido, esta historia no sería del todo interesante.

XOX

         Había pasado alrededor  de una hora cuando otro chillido interrumpió su sueño.
         — ¡Georgeta! ¡Georgeta! —chillaba la voz. Kamiko no podía hacer otra cosa que pensar en que otra vez estaba teniendo un mal sueño, ¡Pero esa voz era tan molestosa!
         — ¿Quieres callarte? —gritó Kamiko, pero recordó entonces que vivía sola, y debía estar despierta, porque ¿cómo podría dormir con semejante llanto?
         Se dijo a sí misma que debía de tratarse de algún vecino borracho. No obstante, justo cuando iba a retomar su interrumpido sueño vio a alguien completamente de negro salir de su cocina.
         —Georgeta… —se lamentaba. Vio el florero que Kamiko tenía en su escritorio personal y cogió las flores antes de seguir su camino por la casa.
         ¿Cómo se atrevía  a tomar sus hermosas flores? Se preguntaba Kamiko con rabia, mucha rabia. Se levantó de la cama y lo persiguió, acusándolo. Pero este tipo no se volteaba a verla: la ignoraba completamente. De pronto, el sujeto se detuvo, se dio vuelta, la miró y entonces lloró con más fuerza. Kamiko vio su cabello albino, sus ojos rojos, las capa oscura… y sus dientes, sobre todo sus dientes ¡pero que colmillos más grandes tenía! Le tomó un poco de tiempo reconocerlo pero ¡Era Lucian el vampiro de su manga! O eso hubiera pensado si hubiera sido más crédula, pero como no lo era, lo primero que pensó Kamiko fue que se trataba de un friki haciendo cosplay de su personaje.  Y que de alguna forma, había dado con su dirección.
         — ¡Hey, tú, otaku de pacotilla! —gritó, con enojo evidente—. ¿Quién te crees para venir a mi casa en plena noche y tomar mis flores? —Mas él, sin escucharla aún, la tomó de la mano. Ella se quedó horrorizada ¡la estaba tocando un loco! Y la arrastraba hacia la estantería donde guardaba sus mangas publicados. Kamiko tenía el presentimiento de que iban a chocar,  porque iban directo hacia ahí y él no la soltaba ni parecía cambiar el rumbo. Kamiko cerró los ojos esperando el inevitable golpe, pero misteriosamente este nunca llegó.
         Al abrir sus ojos, Kamiko se encontró en un lugar completamente distinto al que había estado hace un momento. Era un sitio oscuro y lúgubre, como un bosque. Si no fuera una escéptica total, juraría que había sido transportada a otro sitio, pero como en su mente no había cabida para la fantasía, no lo creyó. Ese sujeto debió de haberla drogado. Y hablando de él,  ¿dónde estaba Lucian? O quién fuera ese sujeto. Miró a su alrededor, pero no lo vio. ¿Podía alguien ver en esa oscuridad? Ella ciertamente no podía ver nada más que la negrura.
         —Georgeta…—oyó chillar a su espalda. Ella se volteó  y lo vio en el suelo, llorando frente a una tumba que ponía el nombre de Georgeta. Ella se acercó hasta quedar tras él para contemplar la tumba, ahora con sus flores puestas.
         Quien fuera ese sujeto, realmente había montado una buena escena de su manga, o eso pensaba Kamiko. Recordó la historia del vampiro Lucian y la cazadora Georgeta en su manga. Que Georgeta había sido enviada  a  Transilvania  para una misión, porque supuestamente ahí vivía un vampiro. Y lo había de hecho. Ella iba a matarlo, pero desde la primera vez que él la mordió, se dio cuenta de que esta profundamente enamorada de ese vampiro: Lucian, pero su amor estaba prohibido, porque él era malo, y mordía a la gente del pueblo, y no lo podía controlar. Y ella tenía que matarlo. Lucharon durante muchas páginas hasta que Lucian salió victorioso y ella muerta, pero en lugar de estar feliz, Lucian lamentaba la perdida, tanto que ahora no hacía otra cosa que llorarla en su tumba.  ¡Ah, que tragedia de amor! Ella había dejado que él se bebiera toda su sangre, porque el mito del vampiro señalaba que sólo la sangre de la persona amada calmaba la sed del vampiro. Gracias a eso, Lucian no necesitaría beber más sangre en su vida. ¡Ah, cruel amor!
         Kamiko observó con compasión al vampiro, porque que ella entendía su dolor. Y esa escena tristemente le recordaba al primer día que fue a visitar al sensei en su tumba, tan fría, tan helada, tan no él que era tan cálido ¡Ah! ¡Cómo le dolía el pecho al recordarlo! Kamiko pensaba que esa clase de sufrimiento debería estar prohibido, porque nadie merecía padecer el dolor de perder al ser amado, por muy monstruoso que este o estos fueran.
         —Te amo, Georgeta—chilló el vampiro y a Kamiko se le encogió el corazón. Lucian volvió el rostro hasta donde ella estaba, y llorón aún más fuerte—. ¡Pero ella no quería que viviéramos amándonos! ¡Ella no me mató a mí también! ¡Yo hubiese preferido morir y estar a tu lado que permanecer en este mundo sin ti! ¡Bruja malvada la que nos creó!
         En este punto, Kamiko comprendió que Lucian se parecía mucho a ella: ella era así de ingenua, frágil  e inocente al lado de su sensei: era un ser pequeño, pequeñísimo, como una estrella junto a la luna cuando estaba cerca del señor Himura. Y cuando Georgeta lanzaba fuego de sus manos  para impedir que Lucian se acercara a ella y la matara, era una alusión a  cuando ella se sentía capaz de atravesar el infierno mismo y las barreras de la edad  para estar al lado de su sensei. Sin embargo, reflexionaba Kamiko, eso no había resultado ser suficiente a fin de cuentas, porque la voluntad a veces no era nada contra el destino.
         Lucian el vampiro se levantó de la tumba, secó de sus lágrimas con la manga de su traje y se encaminó de nuevo. Kamiko lo siguió como una sombra, preguntándose como sería que saldrían ambos de ahí. Estaba comenzando a creer que todo podía ser extrañamente real cuando, al parpadear y abrir los ojos nuevamente, estaba sentada en su cama. Kamiko levantó la mirada, extrañada, y vio al vampiro  despedirse con un gesto de mano de ella, antes de meterse nuevamente a la estantería.
         Kamiko pensó que con eso no podría dormir otra vez, pero se durmió en cosa de segundos.

XOX

         Kamiko se despertó con el sonido de una canción alegre, pero que sonaba extrañamente triste al oírla con atención. Ella reconoció en ella el ritmo vulgar de las canciones de altamar que cantaban los piratas en las películas.
         — ¡Ah! ¡Te has despertado! —la voz dulce de una mujer llegó a sus oídos. Sentada a los pies de su cama, girando la cadera para mirarla. A juzgar por la lima que llevaba en su mano, Kamiko habría jurado que ella se estaba limando las uñas.
         Pero no, eso no era posible, porque si fuera la verdadera Erika, de ojos verdes y cabello negro y corto porque se había hecho pasar por un muchacho la mayor parte de su vida, la que estaba ahí… no, se decía a sí misma: no podía ser Erika, la zombi, la pirata, la que mantiene tiene el tiempo detenido dentro  de  su barco a fin de mantener su tripulación de cadáveres vivos. ¡Imposible que fuera esa Erika!, se decía a sí misma, pero esa muchacha se parecía mucho a su Erika.
         —No me digas, ¿eres Erika? —preguntó Kamiko, completamente incrédula.
         — ¿Me reconoces, Kami-sama? —la chica zombi respondió.
         —Para ser sincera, no creo en ti.
         —Si te diera una prueba de que soy yo, ¿me creería entonces?
         Kamiko pensó antes de responder. ¿Podría alguien como ella creer alguna vez en algo? Tras reflexionar detenidamente, respondió:
         —Sólo si me das una prueba de tu existencia inhumana
        
         Pero en el instante en que había dejado de hablar, Erika había tomado su ojo y se lo había arrancado. Ahora lo tenía en la palma de su mano.
         —Truco—contestó Kamiko, sin ser convencida.
         Erika se colocó  nuevamente el ojo. Levantó una pierna al aire  y se la quitó mientras daba saltitos con su única pierna.
         —Truco, otra vez…—contestó Kamiko sin estar del todo segura de sus palabras, pues no se le ocurría la forma en que una persona de verdad pudiera fingir tan bien haberse arrancado una pierna.
         La supuesta zombi suspiró, tanteando con los dedos su amuleto sobre el cuello. Ella no quería recurrir a eso, porque la hacía ver muy horripilante, pero Kami-sama no le dejaba otra opción. Se quitó el amuleto del cuello y tras unos instantes su verdadera forma se mostró: horrible, putrefacta, con la carne pegada al hueso y la sangre entre la piel. La sonrisa que formó con sus torcidos dientes y su aire azulino y blanco espectral hicieron que Kamiko retrocediera por instinto al fondo de su cama.
         — ¿Y ahora me crees?
         Kamiko asintió, sólo porque no hallaba una explicación lógica para exponerlo, pero la había ¡estaba segura!  Erika se colocó mientras tanto  nuevamente su amuleto y regresó a ser la bella joven que era hace muchísimos siglos atrás. Consultó su reloj de bolsillo, y exclamó en el acto sobresaltada:
         — ¡Pero que tarde se nos ha hecho!—dijo, y tomó a Kamiko  de la mano—Ven, Kami-sama: hay mucho que recorrer y poco tiempo. Tienes que ver tantas cosas ¡Tantas! —exclamó emocionada. Kamiko no se dio cuenta cuando ella la llevó hasta la ventana, y menos se dio cuenta cuando apreció ese barco flotante que veía a través de ella. ¡Un barco tan cerca en el treceavo piso! Alguien arrojó una cuerda y Erika la agarró a ella  por la cintura antes de tomar la cuerda y subir.
         La tripulación de zombis huesudos y azulino blancos espectrales la saludaron, mientras algunos limpiaban la cubierta y otros bebían jarras de cerveza que parecían contener sesos.  ¡Uno incluso hacía malabares con las piernas de otro! Con la asquerosa visión a Kamiko se le revolvió el estómago y deseó vomitar: sólo que si lo hacía no sería en altamar, sino en los rascacielos ¡Estaban volando!, se aterró. Por suerte Erika estaba a su lado; eso era bueno ¿no?
         Erika entró en el barco, y ella la siguió. Estaban en lo que parecía ser la habitación del cartógrafo, donde se examinaban los mapas y se dejaban otras herramientas para saber la ubicación, como una brújula polvorienta a una esquina del mapa tan antiguo, como si fuera de otro siglo  ¡incluso había una versión cuadrada de la Tierra en una esquina de la habitación! Kamiko no podía creerlo, pero a penas Erika cogió algo del escritorio volvió a salir a la cubierta, y sin decir nada fue tras ella.
         Pero en lugar de ver a la animada tripulación de zombis, Kamiko se encontró con el frío de altamar que le calaba hondo en los huesos, y a pesar de que su pijama tenía mangas largas no le era suficiente. Pero, más que eso, a Kamiko le impactó la visión que tenía en frente, y a Erika también: la escena del manga donde Erika moría, tal y como ella la había imaginado si fuera realidad.
         Erika lloraba sobre el cuerpo fornido de un hombre maduro ensangrentado sobre la cubierta. Ella lloraba.  Él se estaba muriendo. A Kamiko se le hizo un nudo en el estómago al recordar ese momento. El hombre al que Erika le lloraba era Merrick, uno de los cazadores de monstruos veteranos. Él había oído historias acerca de un barco maldito que a medianoche embarcaba en los puertos para que su tripulación de zombis saliera a la ciudad en busca de sesos frescos. Así, cuando Merrick se adentró en el barco para matar a los zombis que atacaban la ciudad de turno, Erika se enamoró perdidamente de él, de la forma en que él mataba a su tripulación. Erika valoraba a los hombres fuertes y repudiaba a aquellos colegas zombis que se alimentaban de sesos sólo por placer: a ella no le gustaba porque cada vez que un zombi se comía los intestinos de un humano este también se volvía zombi a causa de la mordida y ella estaba al tope con la cantidad de zombis en su barco.
         Erika era la capitán, porque fue la primera en infectarse e infectarlos, pero tan pronto hubo dominado su adicción dejó de comer entrañas humanas. Erika había querido vengarse de aquellos piratas que le habían dicho que una mujer no servía para la vida en la mar, pero aquel deseo se había torcido cuando contrajo aquel virus. Merrick la había mirado y le había dicho que era hermosa ¡Hermosa! ¡Hace siglos que nadie le decía así! Ella era la única con forma humana a causa del amuleto que un brujo le había dado, por eso, no se extrañó cuando Merrick la rescató de uno de sus tripulantes pensando que ella era humana. Aquel acto no hizo sino otra cosa que profundizar su amor.
         Ella hubiera deseado estar con su amante mortal durante la eternidad en su barco maldito ¡él incluso le dijo que la quería después de que le confesó que era un zombi! Erika no cabía en la felicidad… hasta que su tripulación armó un motín y por defenderse y defenderla, Merrick había resultado gravemente herido ¡Y la pobre no podía lograr que dejara de sangrar! Entonces, Erika hizo lo impensable: se quitó su amuleto y lo colocó en el cuello de su amado. Ella había recibido el amuleto bajo una condición: si se lo quitaba por más de tres minutos, moriría. Pero el amuleto tenía la capacidad de restaurar un cuerpo dañado y no sólo crear una ilusión de él. Así, mientras Merrick se iba recuperando, su horripilante rostro se iba cayendo a pedazos. Erika intentó tocarlo, pero su mano se deshizo en el camino a su rostro. Entonces Merrick le dio las gracias, y la llamó hermosa ¡con su forma de zombi! Erika estaba tan feliz que no se dio cuenta de que su lágrima era lo único que seguía en el aire, mientras su cuerpo estaba hecho polvo en el suelo y sus ropas quedaron sin dueño.
         —Me hubiera gustado permanecer a su lado, aunque fuera humana, aunque tuviera que cambiar la inmortalidad que tanto amé por estar con él—comentó Erika a su lado. Kamiko vio las lágrimas que corrían por su rostro al ver aquel recuerdo, pero no dijo nada.
         Kamiko entendía su dolor más que nadie, porque ella también hubiera dado su vida, los años que le quedaban, todo y cuánto tuviera con tal de que su sensei no se hubiera ido y no la hubiese dejado sola, triste y desolada.  Ahora entendía que ese momento era una triste analogía de su deseo.
         —Todas y cada una de las noches esta escena se me repite. Y quiero que así sea. Si lo olvidara no sería yo. Supe que él murió recientemente—comentó, dirigiéndose a ella—. ¿Fue doloroso? ¿Hubo alguien que lo sostuviera mientras partía? Lo he buscado por todos los siete mares, pero no lo he encontrado. Desearía que estuviera muerto para estar con él, pero sería egoísta de mi parte querer eso. Yo sé que él está vivo… —Erika tomó las manos de Kamiko y esta vez ella no pudo ignorar su dolor.
         Quería pedir perdón por causarle ese dolor, pero ¿por qué tenía que disculparse con un personaje que ni siquiera existía?  Casi caía en su juego, pero se dio cuenta a tiempo. Kamiko la observó con sorna.
         —No existen los finales felices—pronunció con total amargura. Erika pareció entender, porque retrocedió.
         —Por un momento pensé que no sería necesario. —Kamiko sintió como el barco se detenía súbitamente, y alguien le gritaba a otro que arrojara en ancla—. Pero me temo que tendré que llevarte.
         — ¿A dónde? —preguntó, sin estar verdaderamente interesada.
         —A la fiesta de Taoshima. —Kamiko abrió los ojos con sorpresa al escuchar eso.
         — ¡Pero yo...!—Su protesta quedó inconclusa, porque Erika la jaló consigo bajo el barco.
         A Kamiko le extrañó que nadie en la fiesta de disfraces de Taoshima se moviera, pero luego comprendió que el tiempo en esa fiesta estaba detenido por obra de Erika y su amuleto. Menos mal, pensaba, porque no le hubiera gustado que todas esas personas la vieran pasear por el salón en pijama. Erika subió con ella las escaleras hasta llegar a una habitación y abrió la puerta. Kamiko supo de inmediato que aquel era el estudio de Taoshima, porque todo estaba decorado como de cebra, y a él le encantaban las cebras. ¡Pero cómo le encantan a él las cebras! Tenía una incluso en su establo contiguo a su hogar, y aquella habitación parecía la de un maniático.
         Erika le señaló el escritorio, y de pie junto a él, mirando ensoñadoramente la noche en la ventana, estaba Taoshima vestido ridículamente de cebra ¡de una cebra! ¿Qué tenía eso de Halloween? Erika insistió en que mirara el escritorio, donde estaba enmarcado el retrato de una familia de tres: un padre, una madre y un niño en medio. No hacía falta señalar que aquel niño era Taoshima de pequeño y los otros dos eran sus padres.
         —El padre de Ronald era americano. Y nació el día de Halloween, por lo que siempre amó esta fiesta. Contagió la alegría de su celebración a su esposa e hijo y organizado en su casa la más grande fiesta de noche de brujas de todo el barrio en compañía de su familia y amigos. —Kamiko no quería seguir escuchando lo que Erika decía, pero esta continuó—. Amaba tanto esta fiesta que incluso después de que muriera en un accidente de tráfico su esposa japonesa y su hijo de ocho años siguieron celebrándolo en grande en honor a su memoria. —Kamiko iba a decir algo, pero calló—. Incluso la siguieron festejando cuando se mudaron aquí en Japón.
         Si Kamiko tenía algo que decir lo calló, porque no dijo nada. Ella miró a Taoshima, a Ronald, preguntándose por qué jamás se le ocurrió pensar que había quedado huérfano siendo tan pequeño. Ella aún tenía a sus padres aunque no los frecuentaba, pero lo tenía y estaban ahí para ella.  Kamiko pensó que seguramente, con esa sonrisa y ese aire de esperanza, pocas personas en el mundo podían pensar que su vida no era tan feliz como él.
         —La madre de Ronald era una fanática del manga y apoyó incondicionalmente a su hijo cuando este decidió ser mangaka. Ronald se había propuesto ser el número uno para enorgullecer a su madre y trabajó realmente duro en crear un gran manga para que su madre lo disfrutara y gozara con él su logro.
         —Y lo logró—sentenció Kamiko, recordando todas las veces que él se había alzado en el primer lugar por sobre ella.
         —Cuando publicó su primer manga de éxito, su madre estaba internada en el hospital a causa de un cáncer. El día en que su editor lo llamó para decirle que había alcanzado el primer lugar en popularidad él no fue capaz de sentir la felicidad que creería sentiría en esos momentos.
         Kamiko interrogó curiosamente, con un mal presentimiento en su pecho:
         — ¿Y eso por…?
         —Su madre murió el día anterior. Si hubiese recibido esa noticia tan sólo un día antes habría podido ser capaz de compartir esa última alegría con ella.
         Kamiko sintió el dolor y la rabia mezclarse en su interior. Él no le había dicho nada, y por la forma en que él era, estaba segura que no se lo había dicho tampoco a nadie ¿Por qué sonreía cuando era obvio que la vida lo golpeaba duro? ¿Por qué hablaba una y otra vez sobre la esperanza cuando él era testigo de que no la había? Kamiko quiso golpearlo y abrazarlo a la vez: mirar hacia sus ojos azules y acariciar su cabello rubio, tan americano, tan distinto al suyo, sólo para consolarlo. Sólo para hacerlo sentir bien. Pero Kamiko sabía que eso no le hacía falta, porque él era feliz a pesar de todo.
         —Y la razón de que él sonría siempre y hable una y otra vez sobre la esperanza es por el manga… y por ti, Kami-sama. —Erika le señaló una nota en la que leyó un «Desearía que estuvieras aquí, Yuri. Halloween no es tan divertido sin ti, mi brujita» que normalmente la hubiera sacado de quicio, pero que esta vez la conmovió.
         —Tenemos que irnos—le anunció Erika—, mi amuleto está a punto de perder su efecto; es tarde y todavía falta que alguien venga a verte.
         A estas alturas, Kamiko no sabía en qué creer ni qué hacer. Se dejó guiar de vuelta hasta el barco y se quedó en silencio, pensando en todas las cosas que le habían sucedido esa noche, y no podía evitarse preguntar tampoco por las que sucederían. Ni siquiera se dio cuenta de que ya había regresado a su casa cuando sintió la mano de Erika acariciarle el cabello.
         —Espero que vuelvas a ser feliz, Kami-sama—le dijo. Cuando Kamiko se dio cuenta, Erika ya se había ido.

XOX

         Kamiko estaba frente a un dilema. ¿Realmente era un sueño? Porque se sentía muy real, quizás demasiado en opinión de ella. Pero lo de Ronald le parecía muy real: eso explicaría tantas cosas, pensaba, tantas cosas sobre él, como por ejemplo la razón por la que todos sus personajes pese a haber sufrido en el pasado mantenían la esperanza en el presente y buscaban un mejor futuro, y que al final, todos sus esfuerzos obtenían frutos ¿Era así la vida también? Se preguntaba Kamiko, ya no segura sobre nada. Ella había creído hasta la fecha que el mundo era de los fuertes, y que los ideales románticos eran una falsedad.
         —Ronald…—dijo Kamiko al aire, y de los ojos comenzaron a brotarle lágrimas.
         Sucede que esta muchacha tan obstinada odiaba llorar, por lo que estiró la mano y tomó en ella un pedazo de su pañuelo desechable  para limpiarse la nariz, pero se arrepintió en seguida ¿Qué idiota había dejado el papel usado cerca de donde ella dejaba el limpio a un lado de su cama, en su mesa de noche? Se enfureció, jurando matar al cerdo que le había gastado esa broma. Pero al volver el rostro se encontró con la horripilante mirada de una momia, su Amen Ra, mirándole de reojo, con su único ojo sobresaliente tras el vendaje, con su espeluznante mandíbula de dientes amarillos y podridos  asomándose por una esquina. Hizo un sonido aterrador con su destrozada garganta y Kamiko supo que debía quitar las manos de su vendaje.
         Kamiko sabía que no era buena idea tratar con Amen Ra si esta momia era en verdad Amen Ra, porque Amen Ra estaba loco. Muy loco y sediento de venganza. Instintivamente Kamiko retrocedió, pero una huesuda y putrefacta mano cubrió la suya.
         —La diosa… venir… conmigo—decía, con las palabras arrastrándose apenas por su destruida, vieja y corroída faringe con el tiempo.
         Kamiko iba a decirle que pensaba que esa no era una buena idea, pero, justo en ese instante, los vendajes de momia de Amen Ra la cubrieron y la amarraron de brazos hasta cubrirle el rostro, dejándole ver por un sólo ojo.
         —Ella… conmigo… —decía, en su triste voz. Kamiko podía, casi, casi haber asegurado que vio una lágrima asomándose por su único ojo visible.  Si fuera posible que un ojo putrefacto y seco pudiera dar un lágrima lo hubiera creído, pero como no era así, Kamiko pensó que era obra de su imaginación.
         Amen Ra caminó dificultosamente con su cuerpo descompuesto, arrastrando un pie delante del otro hasta llegar al estudio de Kamiko, más específicamente, a la mesa de dibujo donde estaba la primera página terminada del siguiente capítulo de los “Cazadores Nocturnos”. Kamiko se espantó ¿iba a destruir su trabajo? creyendo que esa era la peor opción, no se le ocurrió pensar lo que aquella horrible criatura tenía pensado hacer: que ambos entraran en la página.
         Cuando Kamiko se sintió dentro de la página, no pudo creer que en verdad estaba ahí, ya que las sensaciones, los ángulos, la profundidad y el detalle eran los mismos que percibía en su mundo. Habría pensado que estaba en su verdadero mundo de no ser por las estructuras egipcias que  la rodeaban. Y ella estaba antes en Japón. Y ese lugar se parecía demasiado al escenario de su obra. Amen Ra se veía borroso a su lado, luego avanzó hasta el sarcófago del faraón y como un espíritu se adentró en él. Kamiko entrecerró los ojos para ver qué ocurría.
         Apenas recordaba con todos los sucesos de esa noche que ella había dibujado el Nombre del capítulo el día anterior, por lo que debería saber muy bien que quien estaba frente a la tumba del faraón no era otro que el cazador de piel tostada y ojos profundamente oscuros acompañados de un cabello marrón que le llegaba hasta los hombros en el cuerpo de un guerrero feroz, Zaden. Zaden se acercó al sarcófago con duda, pero sabiendo perfectamente que lo que tanto había buscado por siglos se hallaba tras ese sepulcro. Cuando se abrió al leve toque de sus dedos en su superficie, la momia fue liberada. Gritando y agonizando. La momia tenía la rabia grabada en él profundamente. Miró a su alrededor, preguntando con su voz tortuosa quién había osado despertarle de su letargo; entonces el polvo dejó paso a la verdad y Amen Ra, la momia, vio al cazador Zaden. Otra vez Kamiko creyó ver que de su único ojo visible y de un hermoso y raro color zafiro se asomaba una lágrima, como si estuviera feliz de ver al cazador. Pero entonces lanzó un grito de guerra e hizo temblar todo el recinto, porque no odiaba al cazador, sino al hombre profundamente.
         Kamiko no entendía porque eso estaba ocurriendo, pues ella aún no había dibujado esa parte de su manga; pero al ver el cielo pudo distinguir perfectamente la silueta de un lápiz sobre sus cabezas y que ambos monstruos parecían ignorar tanto como a ella. ¡Ellos estaban escribiendo su propia historia! ¡Seguirían el hilo del manga que ella había dejado inconcluso hasta que uno de los dos sobreviviera! Pensaba ella aterrada, ya que si Zaden moría, su manga caería con él, pues era uno de los personajes que el público más quería; pero decir que a ella sólo le preocupaba lo que sucedería con su manga sería decir una mentira, porque por esa noche, por primera vez, veía a sus criaturas, sus queridos monstruoso, como seres tan vivos como ella.
         —Matar… matar a Zaden…—decía la momia, arrastrando las palabras para que salieran—. Zaden… maldito…
         Kamiko fue testigo visual del dolor que esas palabras provocaron inconcientemente  a su antiguo compañero Zaden. Este personaje suyo podía ser rudo, pero tenía corazón y oír aquellas cosas de un viejo camarada era como sentir que le enterraran cientos y cientos de estacas en el pecho.
         —Error. Seré yo quien te mate, monstruo. —Zaden sacó sus dagas, listo para la batalla a muerte—. Eres el único obstáculo entre yo y mi pasado.
         Kamiko se sintió culpable y avergonzada al oírlo, porque para variar, le había dado el mal de la amnesia a Zaden. El objetivo que tenía Zaden en su historia era recupera sus recuerdos luego de que fuera literalmente traído de vuelta a la vida para combatir a las criaturas nocturnas.
         ¡Lo que Zaden no recordaba era que en su otra vida él y Amen Ra habían sido amantes! Kamiko se horrorizó al comprender lo que su egoísmo había causado a sus personajes, provocando que ahora se estuvieran matando el uno al otro. Cuando ambos estaban vivos, y dicho así porque a pesar de que Zaden nunca murió del todo pero hubo perdido sus memorias en el proceso, Amen Ra y Zaden se profesaban un profundo amor, un amor tan verdadero que poco les importó a ellos que ambos fueran hombres, que Amen Ran fuera egipcio y Faraón y que Zaden fuera hebreo y esclavo. A ellos no les importaba nada más que el otro.
         —Tú…, los… mataste… ¡maldito! —vociferaba la momia, con profundo odio.
         Kamiko sabía que eso no era cierto, porque en el pasado, ambos habían huido en medio de la noche sobre un carro cuando su secreto fue descubierto, mientras los guardias del Faraón y el mismo padre de Amen Ra les pisaban los talones. En el instante en que fueron capturados, hicieron caer una lluvia de flechas sobre Zaden hasta dejarlo caer en un charco de sangre. Creyendo que su amante había muerto, Amen Ra convocó al oscuro demonio con el que había sido maldito al nacer y los mató a todos en un arrebato de furia y odio.  Pero Zaden no había muerto. Cuando Amen Ra recobró la conciencia, no recordaba haber cometido tal atrocidad: él sólo vio a Zaden vivo entre todos los cadáveres, y su propio cuerpo comenzó a sangrar debido a las heridas de los ataques de sus enemigos. Con dificultad Zaden se había acercado a rastras hasta  él para acunarlo mientras agonizaba. Amen Ra le preguntó por qué los había matado y Zaden no fue capaz de decirle la verdad al ver que no recordaba nada: sólo le pidió perdón por lo que no había hecho. Amen Ra había muerto escupiéndole en el rostro y gritándole que lo odiaba. Zaden supuestamente había muerto ejecutado por  el crimen que no cometió al día siguiente de no haber sido usado por un extraño experimento que lo trajo de vuelta del más allá.
         Ante semejante panorama, era normal que Kamiko se sintiera avergonzada y terriblemente dolida por lo que le había hecho a ambos personajes. Y su arrepentimiento había crecido aún más en el momento en que Zaden clavó su daga mística profundamente en el pecho de la momia y esta gritó de dolor ¡Oh, cruel destino que se empeñaba en hundirla más en su miseria! Ella les gritó su pasado, pero sólo Amen Ra parecía escucharla. Miró a Zaden con su único ojo y lloró.
         —Zaden… —agonizaba la momia. Dificultosamente con una mano se quitó el vendaje del rostro, enseñándole al cazador su verdadera forma que aunque deforme y putrefacta, fue suficiente para que su antiguo amor lo reconociera, y maldijera el destino de ambos. Zaden lo tomó entre sus brazos, tal como lo había hecho milenios atrás, ahora sin odio ni rencores entre ambos. Susurrándole dulces palabras al oído—. Te… amo… Zaden
         A Kamiko algo se le rompió en el lugar de su pecho donde supuestamente debía estar el corazón que dejó marchitar con odio y amargura. Amen Ra era el único que la podía ver, y en medio de su deforme rostro, en sus ojos, ella era capaz de leer la misma pregunta que se había hecho años atrás cuando su sensei se estaba muriendo “¿Por qué debemos sufrir así?” y ante eso, Kamiko retrocedió por el dolor de un latido en su vacío pecho.  Ellos cerraron los ojos para disfrutar de los últimos instantes juntos, y ella se recordó a sí misma haciendo lo mismo al sostener la mano de su sensei, hasta el momento en que sintió que aflojaba su agarre.
         Kamiko cerró los ojos, deseando que todas esas cosas se fueran, pero al abrirlos, no eran Zaden y Amen Ra los únicos estaba ahí, sino que reflejados atrás de ellos estaban el señor Himura y ella en la misma posición. Y era ella quien lo sostenía. Su corazón volvió  a crecer, crecer y crecer en su pecho y ella finalmente entendió que nadie, humano o monstruo,  merecía sufrir así.
         — ¿Dónde está la salida? —le preguntó con urgencia a Amen Ra. Con las pocas fuerzas que le quedaban  Amen Ra le indicó un pilar en el fondo. Amen Ra ya se había resignado a su trágico destino cuando su diosa se fue  que cuando ella regresó con papel y lápiz en mano no hizo otra cosa que el sorprenderlo.
         Kamiko tomó su lápiz y junto a ellos comenzó a dibujar. Dibujó un pequeño escarabajo, símbolo de la inmortalidad para los egipcios, caminando hacia ambos. El escarabajo, conmovido por el trágico destino de los amantes, decidió intervenir y se posó sobre el pecho de Amen Ra y en un destello se transformó en un amuleto. Al instante, Amen Ra se sintió vivo de nuevo, en todo el sentido de la palabra. Se quitó los vendajes que le cubrían y en lugar de una piel putrefacta lucía una piel perfectamente tostada, ojos azules y cabello de color marrón. Zaden estaba tan sorprendido por el repentino y brusco cambio que tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, besó a su amante de forma posesiva.
         Su diosa los miró de lejos, contemplando con una extraña alegría la felicidad ajena ¿era eso a lo que llamaban satisfacción? Porque le encantaba esa sensación. Amen Ra abrazó a Zaden, y al hacerlo quedó cara a cara con Kamiko, le susurró un “gracias” tan profundo y verdadero que ella casi llora de la emoción. No los molestaría más, sabía donde estaba la salida. Y aún tenía algo importante que hacer y alguien a quien agradecer.

XOX

            Shinishi —o Ronald para los que lo conocían— abrió la puerta de su casa, extrañado de recibir a un nuevo invitado a tan altas horas de la madrugada. Y no se le ocurría quien podía ser hasta que al abrir la puerta vio allí a la última persona en el mundo que hubiera esperado encontrar.
         — ¡Happy Halloween! —exclamó con alegría su invitada vestida de bruja, haciendo alusión al concepto que mucho de los presentes tenían de ella.
         — ¿Kamiko? —tuvo que preguntar para comprobar si era ella de verdad o una persona que se había disfrazado muy bien de la persona que había nombrado.
         — ¡Por supuesto que soy yo, friky de las cebras! —exclamó ella con alegría, aún más extraño en ella.
         — ¡No soy una cebra!—contestó él fingiendo estar ofendido—. Soy una cebra zombi.
         Ella rió. Shinishi realmente la estaba oyendo reír.
         — ¿Llego tarde? ¿Molesto? —preguntó ella preocupada.
         — ¡Para nada! ¡Tú eres la persona que más deseaba ver esta noche! —A Kamiko le hicieron mucha ilusión las palabras que él le había dicho. Las personas se portaron amables con ella, obsequió dulces a los hijos de sus colegas, hizo algunas bromas y rió después de mucho tiempo por cosas que la noche anterior le habrían molestado, como que le dijeran que era un bruja en todo el sentido de la palabra.
         — ¡Yeah! Lo soy—respondía ella, con el humor más alegre del mundo.
         Cuando la mayoría de los invitados se hubieron marchado, Kamiko se acercó a Shinishi, que veía el amanecer desde el balcón.
         —Gracias—le dijo, con toda la sinceridad del mundo.
         — ¿Gracias por qué? —se extrañó él.
         —Por ser tú, por estar aquí, por dibujar lo que dibujas, por ser lo que eres, por quererme por lo que soy. —Entonces ella lo abrazó como nunca creyó abrazar a alguien más en su vida y se sintió enteramente feliz—. Por celebrar la más maravillosa fiesta de Halloween de todas. Y por mostrarme que siempre, siempre hay esperanza. —Él le correspondió el abrazo y acarició su cabello lacio con su mano—. Prometo solemnemente que siempre celebraré el día de Halloween como se merece. —Lo miró y él la miró, sonrieron y se besaron como dos adolescentes ingenuos.
            Y lo haría. Celebraría Halloween siempre para sus personajes.  Siempre, por el resto de su vida junto a él.

FIN